Renunciar a ti mismo
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Primera parte

Promesas sobre el agua

Todos hemos escrito promesas sobre el agua: me acostaré temprano, dejaré el teléfono, empezaré el primer día del mes. Luego llega un día ajetreado y se disuelven. En esta parte damos a la promesa un testigo, un lugar y una hora, construimos un hábito pequeño y lo protegemos de «solo esta vez». Después abrimos el registro para ver lo que hemos hecho de verdad.

Capítulo 1

La quinta alarma

¿Por qué cumples tus promesas a los demás y rompes las que te haces a ti mismo?

Unos 8 minutos de lectura

Karim tiene dieciocho años. Es el hijo mayor, el que dice «Claro» antes de que terminen de pedirle algo. Ya mide dos centímetros más que su padre, pero sigue bajando la voz cuando habla con él.

Y Karim es más ambicioso de lo que parece. Quiere convertirse en una versión mejor de sí mismo: tener más fuerza, leer más y atreverse a hablar más en inglés. Al empezar cada año escribe su lista y arranca con un entusiasmo sincero. Después, sus intentos se apagan sin ruido al cabo de unos días o, en el mejor de los casos, de unas pocas semanas. No se lo cuenta a nadie. Pero cada vez que ve la lista del año anterior siente un poco de vergüenza y una decepción que ya le resulta familiar. Por eso pasó todo el verano esperando ir a la residencia universitaria: un lugar nuevo donde nadie supiera cuántas veces había empezado.

Al terminar el verano, junto a la puerta, su madre había envuelto el recipiente de comida en tres bolsas para que no se derramara nada. Su padre le ajustó la correa del equipaje sobre el hombro y dijo: «No desperdicies tiempo». Luego sacó del bolsillo un sobre blanco cerrado, ligero, distinto del sobre con el dinero para sus gastos, y cerró los dedos de su hijo sobre él: «Ábrelo al necesitarlo».

Karim quiso preguntar qué había dentro. Se oyó decir: «Claro».

Seis palabras había dicho su padre. Karim las contó dos veces en el autobús.

La primera noche en la residencia encontró en un bolsillo del equipaje un dibujo que había escondido su hermana pequeña. Él era el único que tenía paciencia para escuchar sus historias. En el dibujo había una casa, un sol y un niño azul que saludaba con la mano. Debajo, en una letra torcida: «Vuelve pronto». Lo apoyó contra la lámpara, donde pudiera verlo, y tiró el sobre al cajón, donde no lo viera.

Después abrió el juego para el que en casa robaba media hora al final de la noche: un pequeño equipo en línea, con jugadores de distintas ciudades que no conocían su cara, pero que no empezaban la partida sin él. Se prometió jugar una sola partida.

No fue una sola partida. Las noches siguientes empezó a abrir el juego cuando su compañero de habitación se dormía. Nadie le preguntaba cuándo iba a cerrarlo. Una partida tras otra, hasta que veía entrar la luz por la ventana. También empezó a escribir lo primero que se le ocurría. Un jugador se equivocó en un movimiento. Karim le escribió una frase hiriente y la envió. No sabía cómo se llamaba ni imaginó su cara al leerla.

La noche siguiente se unió a un equipo en el que algunos conocían su nombre verdadero. Perdieron una partida parecida a la anterior. Escribió la misma frase y luego borró la mitad. Apareció un mensaje de un compañero de equipo: «¿Qué has escrito?». Dejó el cursor parpadeando.

Así pasaron tres semanas: Karim jugaba hasta el amanecer y, unas pocas horas después, sonaban dos alarmas en su teléfono. La primera se llamaba «Clase de las ocho». Con esa se levantaba enseguida; no había faltado ni una vez desde que empezaron las clases. El profesor pasaba lista y Karim llegaba diez minutos antes que él. La segunda se llamaba «Correr». La había puesto dos años atrás y solo le había hecho caso durante dos semanas. Cada mañana la silenciaba con el pulgar sin abrir los ojos. Su compañero de habitación la oía y no decía nada.

Camino de clase abrió en el teléfono la lista «Este año»: correr, un libro al mes e inglés. Debajo escribió: «Después de los exámenes». El teléfono guardaba las dos citas. Karim solo cumplía una.

Todos tenemos una alarma que silenciamos con el pulgar.

Son las cinco menos cuarto. Suena la alarma.

Extiendes la mano sin abrir los ojos y pulsas el botón: «Posponer».

Solo cinco minutos.

Suena de nuevo. Posponer. Una tercera vez. Una cuarta.

A la quinta te levantas, cuando ya has perdido aquello para lo que pusiste la alarma: correr antes de que haya mucha gente, una hora de estudio o una promesa que te hiciste ayer.

Ahora repite la misma escena con un solo cambio: esta vez alguien te espera. Un examen a las ocho o un amigo con su coche delante de la puerta.

¿Cuántas veces vas a pulsar «Posponer»?

Ni una.

La alarma es la misma. La cama es la misma. El cansancio es el mismo. ¿Qué ha cambiado?

Antes de responder, recuerda la noche de ayer. Organizaste el día cuando estabas despierto. Una hora para estudiar, media hora para caminar y después el trabajo que ya deberías haber entregado. Lo dijiste en serio. Por la mañana incumpliste la primera cita y fuiste empujando las demás hasta la noche. Ahora abres el archivo tarde, haces deprisa lo que necesitaba cuidado y te disculpas ante quien espera. El cansancio no desapareció al aplazarlo. Se le sumaron las prisas, la incomodidad y un trabajo por debajo de lo que puedes hacer. Y la escena puede repetirse mañana si esta noche te limitas a prometerlo con más entusiasmo y dejas tu mañana tal como está.

Cada promesa que rompes te enseña a desconfiar de la siguiente. Dices: esta vez será distinta. Pero no preparas nada distinto. El teléfono sigue a tu lado, las zapatillas en el armario y la cita sin hora. Luego te extraña cumplir con tu amigo y dejarte esperando a ti mismo. Míralo con claridad antes de buscar una explicación que te alivie: fuiste tú quien no se presentó y tú quien perdió esa cita. Reconocerlo no basta para arreglarlo, pero evita que borres su coste. Ahora pon las dos citas una al lado de la otra. ¿Qué había en la cita con tu amigo que no pusiste en la tuya?

Lo que cambió no fue tu voluntad. Fueron las condiciones.

Tu compromiso existe. Lo ayudan cosas de fuera: alguien que conoce tu promesa, un lugar que te prepara para cumplirla y una cita concreta.

Primera condición: que alguien te vea

Una pequeña confesión que quizá te incomode: buena parte de nuestra disciplina no es nuestra. La tomamos prestada.

Del profesor que pasa lista, del amigo que espera en el coche y de la mirada de los demás cuando llegamos tarde.

Es una supervisión externa. Su fuerza está en tres características:

En cambio, el precio de tu promesa contigo mismo queda para después. Nadie lo ve y siempre puedes negociarlo: «A partir de mañana».

Por eso nuestras promesas a nosotros mismos mueren sin ruido. No porque seamos mentirosos, sino porque nacieron sin testigo. O eso creemos.

Desde pequeño, Karim sigue sin discutir las reglas de su padre y los horarios de su madre. Dice «Claro» y lo hace. En la universidad no falta a una clase en la que pasan lista. Pero nadie le pregunta por lo que se promete a sí mismo.

Y Karim no es un caso raro. En su libro Las cuatro tendencias, la escritora Gretchen Rubin llama «complacientes» a quienes son como él: cumplen fácilmente las expectativas de los demás y tropiezan con las propias1.

En una encuesta que hizo con una muestra de estadounidenses, eran el grupo más numeroso: el 41%. Su clasificación es un modelo popular simplificado, no una teoría demostrada. Pero ¿quién no se ha visto reflejado en esa descripción?

Los psicólogos llaman «regulación externa» a esta disciplina prestada: cumplimos porque alguien nos vigila. A lo que nos falta lo llaman «regulación interna»: cumplimos porque ha pasado a formar parte de nosotros, porque estamos convencidos del valor de lo que hacemos, no por un miedo interior al reproche2. ¿Y cómo llega una regla a ser tuya? Volveremos a ello en la segunda parte, en capítulo 8.

La ausencia de un testigo no solo debilita nuestras promesas. También puede cambiar nuestra manera de hablar. John Suler analizó cómo pueden disminuir las reservas en internet cuando la identidad queda oculta o no vemos la cara del otro. Eso puede abrir la puerta a la sinceridad y a la ayuda, o a palabras hirientes. No todo lo que decimos allí revela un yo más auténtico3. En ciertos experimentos, aumentaron las trampas con una iluminación tenue y las conductas egoístas al llevar gafas de sol. Estas últimas se relacionaron con la sensación de los participantes de estar ocultos4. Mucho antes, en un diálogo de Platón, Glaucón convirtió el anillo de Giges, que vuelve invisible a quien lo lleva, en una pregunta sobre cómo actuamos cuando nadie nos ve. Un experimento mental, no un estudio5.

En la sesión de juego posterior al «¿Qué has escrito?», un jugador se equivocó en un movimiento. Karim escribió una respuesta hiriente y se detuvo. Su compañero de equipo se le adelantó y escribió al jugador: «Repite el movimiento. Lo intentamos otra vez». Karim borró su respuesta y se dio una regla breve: escribir a un desconocido como a alguien que sabe mi nombre.

Segunda condición: estar en tu lugar

En casa de Karim el teléfono se cargaba en la cocina y su madre preguntaba a las diez: «¿No te vas a dormir?». En la residencia dieron las diez mientras estaba con los chicos en el café. Nadie se levantó.

Se dice: «Otra media hora». Vuelve a la una, cansado, y por la mañana pulsa «Posponer» cinco veces.

El hábito no vive solo dentro de nosotros. También vive en el lugar: en la habitación, en la luz que se apaga, en el teléfono lejos de la cama y en la pregunta de la madre. Un estudio siguió a estudiantes que se trasladaron a otra universidad. Sus hábitos anteriores resistían cuando el entorno seguía pareciéndose al que conocían y se deshacían cuando cambiaba6.

Fuera de casa nos vigila algo más: los ojos de los demás. Pero ¿cuántos nos prestan atención de verdad?

En un curioso experimento, unos estudiantes se pusieron una camiseta que les daba vergüenza y entraron en una sala donde estaban sus compañeros7. Esperaban que cerca de la mitad de los presentes se hubiera fijado en la camiseta. En realidad, solo lo había hecho alrededor de una cuarta parte.

Sobreestimamos cuánta gente nos observa. El miedo a una mirada que quizá nunca llegue basta para hacernos aplazar las cosas. El testigo que eliges te ayuda; las miradas que imaginas te hacen posponer.

Quien se levanta del café a las diez ya tomó la decisión antes de salir: cuándo levantarse y qué decir. Así no vuelve a negociar en cada mesa.

Tercera condición: que se acerque la fecha límite

Karim entregó el trabajo de clase un minuto antes de medianoche. Luego vio la línea de correr en la lista «Este año», sin día ni hora, y la cerró.

¿Dónde está el problema, si al final se termina todo?

Fíjate primero en qué le hizo terminar: la fecha límite. Sin la medianoche, el trabajo habría seguido pendiente. La fecha límite es otro tipo de testigo: no tiene cara, pero no negocia. Por eso haces para los demás lo que no haces para ti. Tu promesa contigo mismo no tiene medianoche.

En un estudio que siguió a universitarios durante un semestre, quienes aplazaban las tareas estaban menos estresados al principio. Al final eran quienes más estrés y problemas de salud tenían, y sus notas fueron más bajas8.

La tarea aplazada no desaparece. Sigue abierta en tu cabeza y te da pequeños golpes todo el día. Unos investigadores encontraron que las metas pendientes irrumpen en tus pensamientos mientras haces otra cosa, y que un plan concreto, con un cuándo y un dónde, basta para silenciarlas9.

Cuando dejas de creerte

Una promesa rota no se pierde sola. Se lleva consigo un poco de la confianza en tu palabra.

Por décima vez dices: «El sábado empiezo». Dentro de ti una voz sabe el resultado antes del sábado, porque ya te lo oyó decir nueve veces.

El psicólogo Albert Bandura llamó «autoeficacia» a esta confianza: creer que eres capaz de hacer lo que te propones10. Sostuvo que su fuente más poderosa no son las palabras de ánimo ni las historias de quienes triunfan, sino tus propias experiencias: las veces que dijiste «Lo haré» y después lo hiciste.

Por eso empezamos con una sola promesa pequeña. Cumplirla te permite volver a creerte.

Un pacto contigo mismo

La mayoría de nuestras promesas son intenciones abiertas: «Voy a correr», «Voy a estudiar», «Voy a acostarme temprano». Una intención abierta se decide de nuevo cada día, en cada lugar y ante cada presión.

¿Qué alternativa hay a una intención abierta? Tomar la decisión una sola vez, antes de necesitarla. Los psicólogos lo llaman «intención de implementación»: una frase con la estructura «Si… entonces…» que vincula la acción con un momento y un lugar11.

En un experimento se pidió a estudiantes que escribieran un informe en un plazo de dos días durante las vacaciones. Entre quienes decidieron de antemano cuándo y dónde escribirlo, lo terminaron alrededor de tres cuartas partes. Entre quienes no lo decidieron, aproximadamente un tercio12.

Karim volvió a abrir la nota y reservó la mañana del domingo para correr, leer e inglés. Pasó media hora coloreando el horario. En la puerta, su compañero le preguntó: «¿Vas a hacer todo eso antes de clase?». Respondió: «Lo intentaré». Miró las zapatillas al fondo del armario, pero no las sacó. El domingo aparecía en la pantalla, pero no había una hora y tampoco habían acordado nada por lo que su compañero pudiera preguntarle. Cuando sonó la alarma de clase a la mañana siguiente, Karim se levantó enseguida. Al cerrar el teléfono pasó por la nota coloreada sin abrirla.

Cuándo usarla: cuando cumples con los demás y dejas abierta la promesa que te haces a ti mismo. Duración: cinco minutos para preparar una sola promesa y luego una semana para probarla.

  1. Conviértela en una cita: un día, una hora y un lugar. «Domingo, a las seis de la mañana, en el parque». O diez minutos de ejercicio junto a la cama si salir no te viene bien. Si tu tiempo no te pertenece, por un niño pequeño o un turno de trabajo, elige el intervalo más breve que se repita: cinco minutos después de que el niño se duerma o en la pausa del turno.
  2. Prepara un plan para cuando estés fuera de casa: «Si mis amigos se quedan en el café después de las diez, entonces me levantaré y diré: tengo una cita por la mañana».
  3. Dale un testigo: un amigo que conozca la cita y te pregunte por ella. Si no encuentras a nadie, una hoja a la vista en la que pongas una marca cada día.
  4. Empieza con algo pequeño, en los primeros minutos de la cita: lo que terminas pronto, aunque sea en dos minutos, no se queda pendiente en tu cabeza.

Si te parecen muchos pasos, empieza ahora con uno. Envía a un amigo: «A partir del domingo voy a correr a las seis. Pregúntame cada domingo: ¿has corrido?».

Si caes: no des la semana por perdida. Registra la ausencia tal como fue y busca la condición que faltó: ¿el testigo, el lugar o la cita? Arréglala y vuelve en la siguiente cita.

Karim envió a su compañero: «Domingo, a las seis, en el parque. Pregúntame: ¿has corrido?». El sábado por la noche dejó las zapatillas junto a la puerta y le puso a la alarma el nombre de la cita. El primer domingo salió y volvió antes de que su compañero se despertara. Dejó una pequeña marca en una hoja que había reservado para correr.

El segundo domingo se quedó jugando hasta las tres. Cuando sonó la alarma, pulsó «Posponer» y se quedó en la cama. Al anochecer, mientras su compañero llenaba un vaso de agua, le preguntó: «¿Has corrido?». Karim dijo: «No». Su compañero no hizo ningún comentario. Le ardieron las orejas. Extendió la mano hacia la hoja para poner una marca y luego escribió un cero. Volvió a la línea «Si caes». No habían faltado ni la hora ni quien le preguntara; las zapatillas habían desaparecido debajo de la bolsa de ropa sucia. Las sacó, puso el teléfono sobre la mesa, lejos de la cama, y decidió cerrar el juego temprano la noche anterior a salir a correr.

El tercer domingo se levantó para apagar la alarma y lo primero que pisó fue una zapatilla. Al volver le dijo a su compañero: «No necesitaba una promesa nueva. Preparé mi cita». Colgó la hoja en la pared, encima del escritorio. Tenía una marca, un cero y una segunda marca.

Dos espejos

Solo dos preguntas, sin lista:

  1. ¿Qué promesa nunca incumples con los demás y qué promesa contigo mismo has incumplido más veces? Ponlas una al lado de la otra: ¿qué condición tiene la primera que le falta a la segunda?
  2. Una semana después de darle a la segunda una cita y un testigo, ¿se mantuvo? Si caíste, ¿qué condición faltó esta vez?

La noche anterior al primer día del mes, Lina abrió la carpeta «Retos» en su teléfono y escribió un título nuevo: «Reto de treinta días». Pasó la fecha a la primera casilla, como había hecho los meses anteriores.

Referencias (12)
  1. 1Rubin, G. (2017). The Four Tendencies. Harmony Books.
  2. 2Ryan, R. M., & Connell, J. P. (1989). Perceived locus of causality and internalization: Examining reasons for acting in two domains. Journal of Personality and Social Psychology, 57(5), 749–761.
  3. 3Suler, J. (2004). The online disinhibition effect. CyberPsychology & Behavior, 7(3), 321–326. https://doi.org/10.1089/1094931041291295
  4. 4Zhong, C.-B., Bohns, V. K., & Gino, F. (2010). Good lamps are the best police: Darkness increases dishonesty and self-interested behavior. Psychological Science, 21(3), 311–314. https://doi.org/10.1177/0956797609360754
  5. 5Plato. Republic, Book II, 359c–360d. Translated by Benjamin Jowett. https://classics.mit.edu/Plato/republic.3.ii.html
  6. 6Wood, W., Tam, L., & Guerrero Witt, M. (2005). Changing circumstances, disrupting habits. Journal of Personality and Social Psychology, 88(6), 918–933.
  7. 7Gilovich, T., Medvec, V. H., & Savitsky, K. (2000). The spotlight effect in social judgment: An egocentric bias in estimates of the salience of one's own actions and appearance. Journal of Personality and Social Psychology, 78(2), 211–222.
  8. 8Tice, D. M., & Baumeister, R. F. (1997). Longitudinal study of procrastination, performance, stress, and health: The costs and benefits of dawdling. Psychological Science, 8(6), 454–458.
  9. 9Masicampo, E. J., & Baumeister, R. F. (2011). Consider it done! Plan making can eliminate the cognitive effects of unfulfilled goals. Journal of Personality and Social Psychology, 101(4), 667–683.
  10. 10Bandura, A. (1977). Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral change. Psychological Review, 84(2), 191–215.
  11. 11Gollwitzer, P. M. (1999). Implementation intentions: Strong effects of simple plans. American Psychologist, 54(7), 493–503.
  12. 12Gollwitzer, P. M., & Brandstätter, V. (1997). Implementation intentions and effective goal pursuit. Journal of Personality and Social Psychology, 73(1), 186–199.