Renunciar a ti mismo
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Capítulo 2

La voluntad no es la protagonista de esta historia

¿Por qué triunfan quienes tienen hábitos y se agotan quienes tienen determinación?

Unos 8 minutos de lectura

Lina tiene veintinueve años. Es contable y detecta un error antes de que el número esté completo. Sus compañeros le llevan las tablas antes de enviarlas, y su marido la llama en broma «Ministra de Hacienda». En el escritorio de casa tiene los lápices ordenados por longitud. De camino al trabajo corrige mentalmente el espacio entre las letras de los letreros de las tiendas. Cuando algo se estropea en casa de su padre, ella es la primera persona a la que llama. Llega antes de que él termine de explicar la avería.

En un cajón de ese mismo escritorio hay un viejo cuaderno de la universidad, con pequeños logotipos a lápiz en los márgenes. Cuando todos duermen, lo abre. Pasa el dedo por un logotipo que dibujó en segundo curso y cierra el cajón sin hacer ruido. Si alguien le pregunta por sus aficiones, titubea y luego dice: «Ordenar». Todos se ríen menos ella.

No está triste. Tiene todo lo que la gente considera suficiente. Pero cada año se dice: «Cuando todo se calme, empezaré algo para mí».

El teléfono de Lina sonó mientras hervía el agua para la cena. Su padre dijo: «La nevera se ha parado». Le pidió que mirara el enchufe. Volvió a oír su voz: «Ya funciona. Contigo no falla». Desde el sofá, su marido dijo: «La Ministra de Hacienda ahora también es el Ministerio de Mantenimiento». Se rio y apagó el fuego a tiempo. Después de cenar abrió el teléfono para dedicarse un rato a sí misma. La carpeta «Retos» estaba justo debajo de la tabla de gastos de la casa.

La sexta casilla

En la carpeta «Retos» hay treinta días de correr, treinta sin azúcar y treinta de leer media hora cada noche. Cada mes abre una tabla de colores y programa un recordatorio para cada mañana. Los cinco primeros días tienen cinco marcas. El sexto se retrasó con un informe del trabajo y volvió pasada la hora de cenar. Abrió el libro y no leyó ni una línea.

Puso el dedo sobre la opción de borrar el recordatorio. Le dijo a su marido: «He estropeado el mes». La sexta casilla estaba en blanco. En la pantalla había otras veinticuatro casillas blancas cuyos días aún no habían llegado.

Quizá conozcas este truco: «He estropeado el mes. Empezaré el primero del siguiente». Tu teléfono vibra para recordarte el entrenamiento y negocias hasta aplazarlo. Mientras tanto, en el gimnasio hay alguien que se ata las zapatillas sin negociar. ¿Por qué respetas las citas con los demás y dejas el compromiso más pequeño contigo mismo a merced del entusiasmo?

Cuando veas a alguien avanzar cada día, no te apresures a atribuirle una voluntad sobrehumana que te evite mirar cómo es tu día. Puede que la diferencia esté delante de ti: él sabe cuándo empezar y tú esperas a que mejoren tus circunstancias. Él se pone a trabajar después de desayunar y tú abres el teléfono para ver por dónde empiezas. Él reserva un hueco para caminar por la tarde y tú le das el tiempo que sobre. Al final no sobra nada. Pasan los días y él repite una pequeña acción, mientras tú repites una gran decisión. Al final del mes comparas tus resultados con los suyos e ignoras esa diferencia que los días han ido creando.

Cuando vuelvas a fallar, examina cómo organizas tu día antes de buscar otra idea. Rara vez el problema es que no encuentres algo que hacer. Las ideas están en tu cuaderno y los planes en tu teléfono. Lo que te falta es un día con una estructura que sostenga alguno de ellos. Sabes lo que quieres, pero no le has dado una cita que respetes cuando falte el entusiasmo.

Quizá sueñes con tu propio proyecto, con un día libre de las órdenes ajenas. Mira primero lo que el horario de tu empleo sostiene por ti: la hora de levantarte, de salir, de empezar a trabajar. Cuando desaparezca el jefe, ¿quién te despertará? Empieza con una pequeña cita que se mantenga cuando nadie te vigile. Tu proyecto necesita esa fidelidad antes de necesitar un nombre y un logotipo.

Dale a tu día puntos fijos a los que volver. Haz que llegar a la oficina marque el comienzo de diez minutos dedicados a la primera tarea. Que recoger los platos de la cena marque el comienzo de un rato con tu familia, sin teléfono. Establece una señal visible que preceda a la hora de dormir: apagar la pantalla y preparar lo que necesitas por la mañana. Son anclas que sostienen lo que les vinculas. Cuando parte del día se desordena, sabes por dónde retomar. En cambio, un día cuyas citas dejas todas al capricho te desgasta con la misma pregunta: ¿empiezo ahora? Puede que llegue la noche y aún no hayas pasado de la pregunta.

No resisten más. Resisten menos

Durante décadas, la idea predominante era que la voluntad funcionaba como un músculo. Se fortalece al entrenarla y se fatiga al usarla.

El investigador Roy Baumeister llamó a esta idea «agotamiento del ego» en 1998. Después la explicó al público en un libro escrito con el periodista John Tierney, titulado Willpower, publicado en 20111: cada decisión en la que resistes una tentación consume una reserva limitada, que se agota al final del día.

Otros investigadores intentaron ponerla a prueba de nuevo. En una replicación prerregistrada en la que participaron varios laboratorios, no apareció un efecto estadísticamente significativo con el protocolo utilizado2. La magnitud del fenómeno, las condiciones en las que aparece e incluso su propia existencia siguen siendo objeto de debate.

El investigador Wilhelm Hofmann y sus colegas siguieron los deseos cotidianos de una muestra final de 205 personas. Durante una semana llevaron un pequeño dispositivo que sonaba al azar siete veces al día. En cada aviso registraban si sentían algún deseo en ese momento o lo habían sentido durante la última media hora. Luego describían el deseo, su intento de resistirlo y lo que habían hecho3.

Quienes se consideraban personas con mucho autocontrol no resistían más que los demás. Sencillamente, se encontraban con menos tentaciones desde el principio.

Una posible explicación: muchos habían organizado su entorno sin proponérselo, y las tentaciones se habían apartado de su camino antes de que tuvieran que resistirlas. La batalla no se ganó con más fuerza. Se eliminó de raíz.

Fíjate en cuándo se le escapa a Lina un día del reto: después de una noche de salir, de un viaje o de un día largo sin almorzar. Antes de juzgar tu voluntad por la noche, pregúntate: ¿cuánto dormiste anoche?

La razón más profunda es que ella, como la mayoría de nosotros, apuesta cada vez por la gran decisión y el entusiasmo inicial. Vuelve a construir cada hábito desde cero, con la máxima dificultad posible. Treinta días de golpe.

El hábito no le pide permiso a tu voluntad

¿Cómo se forma entonces un hábito?

La investigadora Wendy Wood explica en su libro Buenos hábitos, malos hábitos (2019) que un hábito es una conducta vinculada a una señal estable del entorno: un lugar, una hora o un sonido. La asociación se repite hasta que la señal desencadena directamente la acción, sin una pausa que abra la puerta a negociar4.

Quien ha construido su hábito sobre esa asociación empieza con mucho menos esfuerzo. No sin esfuerzo: un día agotador, una tentación más fuerte de lo habitual o un viaje que altera el horario pueden reabrir la negociación. Pero la reabren como excepción, no cada noche.

Eso encontraron los investigadores Brian Galla y Angela Duckworth en estudios posteriores: buena parte de lo que parece un autocontrol superior son, en realidad, buenos hábitos construidos de antemano5.

¿Y cuántos días hacen falta para afianzar un hábito?

La cifra popular de «21 días» carece de una base científica fiable. Un estudio más preciso siguió durante doce semanas a 96 personas que eligieron una conducta sencilla para repetirla a diario, y midió cuándo se acercaba a la automaticidad.

En los datos de 39 participantes a los que el modelo se ajustó bien, la mediana del tiempo estimado para acercarse al máximo de automaticidad fue de 66 días: la mitad de las estimaciones quedaba por debajo y la otra mitad por encima. Las estimaciones oscilaron entre 18 y 254 días. El modelo midió la llegada al 95% del máximo de automaticidad, no un hábito completo en una fecha fija. Eran estimaciones que prolongaban la curva más allá de las semanas de seguimiento, no fechas observadas directamente6.

La rutina que te sostiene

El escritor Mason Currey reunió en su libro Rituales cotidianos los días corrientes de más de 160 escritores, artistas y científicos7. Sus hábitos eran tan distintos que llegaban a contradecirse. Pero la mayoría coincidía en algo: un día con una estructura fija.

Tu día no tiene por qué parecerse al suyo. Elige una estructura que se ajuste a tu tiempo y a lo que puedes hacer.

El efecto tampoco se limita a los logros. En estudios de las investigadoras Samantha Heintzelman y Laura King, las personas con días más regulares sentían que su vida tenía más sentido8. La rutina no solo ahorra tiempo. Da forma al día.

Las redes sociales también son una rutina. Abrimos la aplicación en la cola y antes de dormir, sin decidirlo. Nos lleva, sí, pero adonde ella quiere. Volveremos a esto en capítulo 13 y después en capítulo 18.

Un ancla firme

Si un hábito necesita una señal estable y no una decisión que debas renovar, busca una señal que ya se repita en tu día y que puedas reconocer fácilmente.

Puede ser el café de la mañana, la llegada al trabajo o a la universidad, la vuelta a casa, el final de la cena o los preparativos para dormir. Elige un momento que reconozcas cuando llegue y vincúlalo a la misma acción una y otra vez. Así no tendrás que inventarte su horario cada día.

Lina decidió dejar los retos de treinta días y probar un hábito que no llevara más de dos minutos: cada noche, después de cenar, escribiría una línea sobre lo mejor que le había pasado ese día. Eligió un cuaderno pequeño nuevo y devolvió el de la universidad al cajón. La primera noche recogió los platos y se sentó en el sofá. El cuaderno estaba en el despacho, detrás de unas pilas ordenadas que no convenía tocar. Le dijo a su marido: «Cuando termine con la cocina». La noche pasó sin una línea. Por la mañana abrió la página vacía en el escritorio y estuvo a punto de aplazar todo el comienzo hasta el primero del mes siguiente. Su marido pasó con una taza: «¿Dónde escribes tu línea?». «Aquí», dijo ella. Él miró hacia el salón, hacia su sitio en el sofá, donde se sentaba cada noche después de cenar. Lina llevó allí el cuaderno y el bolígrafo y los dejó en su sitio.

Cuándo usarla: Cuando empiezas con entusiasmo y, cada vez que pierdes un día, esperas al primero de otro mes. Duración: Dos minutos para la acción diaria y una semana para observar qué la interrumpe.

  1. Elige un hábito muy pequeño: más pequeño de lo que te parezca suficiente. Un vaso de agua, dos páginas de un libro, diez estiramientos.
  2. Vincúlalo a una sola ancla concreta: «Después del café de la mañana, leo dos páginas», en lugar de «Leeré más».
  3. Afianza uno antes de añadir otro: cuando tenga un lugar estable en tu día, vincula un segundo hábito a otra ancla.

Si caes: escribe la línea cuando llegue la siguiente ancla. No esperes a otro mes y comprueba si el cuaderno sigue en su sitio.

Después de la siguiente cena, Lina encontró el cuaderno en su sitio del sofá. Escribió una línea sobre lo mejor del día: mi padre llamó con otra avería y nos reímos del «Ministerio de Mantenimiento». Su marido preguntó: «¿Eso es todo?». Ella dijo: «Esto es lo que podré repetir mañana».

Una noche salieron, volvieron tarde y no hubo cena ni línea. Por la mañana dijo: «Hemos vuelto al sexto día». Abrió la página anterior. Había una línea, no un contrato que la obligara a cumplir treinta días completos. Leyó «Si caes» y escribió después de la siguiente cena, sin borrar la fecha que había dejado pasar. Cuando su marido alargó la mano para colocar bien el cuaderno, ella dijo: «Déjalo aquí».

Esta vez pasó el sexto día, luego el séptimo y el resto del mes. Solo se saltó dos días. Al final del mes contó las líneas, inclinó el lápiz y dibujó un pequeño logotipo en el margen. Era el primero que dibujaba en años, más tosco que los del cuaderno de la universidad. Nadie se lo había pedido. Por la mañana, su marido vio el logotipo y preguntó: «¿Lo has dibujado tú?». «Un garabato», dijo ella, y cerró el cuaderno.

Los primeros dos minutos

Antes de empezar un nuevo reto, una pregunta: ¿qué reto empezaste con entusiasmo este año y qué día lo dejaste?

Después, un ejercicio que no lleva más de dos minutos: toma la versión más pequeña posible de ese objetivo y vincúlala a una sola señal que se repita cada día. Escribe la frase: «Después de …, hago …».

Al cabo de una semana, vuelve a esa frase y pregúntate: ¿cuántas veces llegó la señal sin que llegara la acción? ¿Qué estaba pasando esas veces?

No necesitas más entusiasmo. Necesitas una acción más pequeña y una señal estable.

Referencias (8)
  1. 1Baumeister, R. F., & Tierney, J. (2011). Willpower: Rediscovering the Greatest Human Strength. Penguin Press.
  2. 2Hagger, M. S., Chatzisarantis, N. L. D., et al. (2016). A multilab preregistered replication of the ego-depletion effect. Perspectives on Psychological Science, 11(4), 546–573. https://doi.org/10.1177/1745691616652873
  3. 3Hofmann, W., Baumeister, R. F., Förster, G., & Vohs, K. D. (2012). Everyday temptations: An experience sampling study of desire, conflict, and self-control. Journal of Personality and Social Psychology, 102(6), 1318–1335.
  4. 4Wood, W. (2019). Good Habits, Bad Habits: The Science of Making Positive Changes That Stick. Farrar, Straus and Giroux.
  5. 5Galla, B. M., & Duckworth, A. L. (2015). More than resisting temptation: Beneficial habits mediate the relationship between self-control and positive life outcomes. Journal of Personality and Social Psychology, 109(3), 508–525.
  6. 6Lally, P., van Jaarsveld, C. H. M., Potts, H. W. W., & Wardle, J. (2010). How are habits formed: Modelling habit formation in the real world. European Journal of Social Psychology, 40(6), 998–1009.
  7. 7Currey, M. (2013). Daily Rituals: How Artists Work. Knopf.
  8. 8Heintzelman, S. J., & King, L. A. (2019). Routines and meaning in life. Personality and Social Psychology Bulletin, 45(5), 688–699.