Renunciar a ti mismo
Lee este capítulo como se lee un libro: páginas que se pasan y tu lugar guardado.Abrir este capítulo en el libro

Cuarta parte

Los rostros que nos ponemos

Abres la pantalla para ver la vida de los demás y luego ordenas la tuya para que la vean. Observas y actúas; en ambos casos puede desaparecer tu propio rostro. Empezamos por este círculo y luego nos acercamos a una máscara más sutil: una humildad que espera aplausos. Miramos lo que se nos ha vuelto tan habitual que ya no lo vemos y la excepción que nos concedemos cuando nuestra promesa entra en conflicto con el derecho de otro. Después preguntamos por la voz que habla en nombre del cielo y por quién mueve los hilos cuando le entregamos nuestra capacidad de pensar.

Capítulo 13

Entre la ventana y el escenario

¿Cómo pasa la comparación de ladrona a maestra? ¿Y cuántos «me gusta» vales?

Para leer de una sentada

Una noche de finales de invierno, Lina esperaba un solo mensaje: la respuesta a su entrevista para un puesto de diseño. Desde el mediodía había abierto el correo cuatro veces sin encontrar nada nuevo. Cogió el teléfono para abrirlo una quinta vez, pero en su lugar abrió la cuenta de una compañera de la universidad.

Primera foto: una taza de café junto a una ventana amplia y un libro abierto. Debajo, una frase: «Mi mañana empieza con calma». Bajó un poco y vio una foto del viaje de su compañera el mes anterior: una ciudad junto al mar. Después, otra en la que posaba con un abrigo largo color arena. Debajo había cientos de comentarios. La mayoría: «¡Qué buen gusto tienes!». Lina guardó esa foto en el teléfono sin preguntarse por qué.

Luego levantó los ojos de la pantalla. Sobre la mesa estaba la hoja de cálculo que tenía que entregar por la mañana. Su padre la había llamado dos veces aquel día por un grifo que goteaba en su cocina. No sabía que ella esperaba una respuesta. Lina no encontró en su día nada que sirviera para una foto. Toda su vida le pareció más pequeña que la de su compañera. Abrió el cuadro de mensajes y escribió: «¿Cómo estás?». Llevaban años sin hablar y la pregunta le resultó extraña. Cerró la aplicación sin enviarla.

Puedes cerrar la aplicación sabiendo que la foto es solo un recorte y, aun así, dejar la comparación abierta en tu cabeza. No te falta otra explicación del engaño. Te falta ponerle nombre a lo que buscabas en esa foto: una vida parecida a la tuya, algo que puedas aprender o unas palabras que esperas que alguien diga de ti.

¿Por qué esta ventana en concreto?

A mediados del siglo pasado, el psicólogo Leon Festinger hizo una observación sencilla que después se convirtió en toda una teoría1. En esencia, necesitamos saber dónde estamos con nuestras capacidades, nuestras opiniones y nuestra vida. Llamó a esa necesidad «comparación social». Es un proceso que ocurre automáticamente, sin que decidamos entrar en él.

Cuando no hay una medida clara para ello, ni una cifra ni una línea de meta, recurrimos a otra: los demás. Pero no a cualquiera. Nos comparamos con quienes se parecen a nosotros: personas de nuestra edad, más o menos, que se graduaron el mismo año o vivieron las mismas circunstancias.

La compañera de Lina se graduó el mismo año que ella y ambas se sentaron en las mismas aulas. Por eso Lina no ve en sus fotos la vida de una desconocida, sino una medida con la que comparar la suya.

El escritor Luke Burgis, en su libro ¡Lo quiero!, toma del pensador francés René Girard una idea llamada «deseo mimético»2. En esencia, la mayoría de nuestros deseos no son tan propios como pensamos. Deseamos cosas porque alguien parecido a nosotros las desea, las tiene o parece feliz con ellas. Tomamos prestado el deseo de otra persona a la que vemos como modelo. No nace solo de nuestro interior.

De ladrona a maestra

Los investigadores Niels van de Ven, Marcel Zeelenberg y Rik Pieters estudiaron dos formas distintas de lo que llamamos, en conjunto, «envidia»3. La primera desea que el otro pierda lo que tiene. La segunda desea alcanzar lo que el otro tiene, sin desearle ningún mal. Los investigadores la llaman «envidia benigna». La primera tiene el nombre opuesto: «envidia maliciosa».

La primera es una ladrona: te roba la felicidad de ahora y no te da nada a cambio. La segunda es una maestra: te muestra lo que es posible y deja en tus manos la tarea de alcanzarlo.

Cuando tu amiga gana una carrera, esa punzada puede llevarte a desear que pierda o a preguntarle por su programa de entrenamiento. No siempre eliges la primera punzada. Pero sí puedes elegir lo que haces después.

Este recordatorio devuelve la mirada a lo que tienes: «Mirad a quienes tienen menos que vosotros y no a quienes tienen más. Así será más fácil que no despreciéis los favores que Dios os ha concedido» (Muslim 2963)4.

Cuando vuelves la ventana hacia ti

Puedes cerrar la ventana de los demás para abrirles la tuya. Aquí cambia la pregunta. En vez de «¿por qué no es así mi vida?», pasa a ser «¿cómo consigo que vean así mi vida?».

Redactas una publicación sobre la calma, eliges una foto y luego esperas una cifra que te confirme que tu público se la ha creído.

Abres la pantalla dos minutos después: tres «me gusta». La cierras y vuelves a abrirla: siete. Algo se calma un poco, pero vuelve la pregunta de cuántos serán suficientes.

¿Por qué te importa la opinión de personas cuyo nombre no conoces y a las que nunca verás?

El sociólogo Erving Goffman planteó en su libro «La presentación de la persona en la vida cotidiana»5 una idea sencilla: cada uno de nosotros elige cómo presentarse ante quienes tiene delante.

Lo describió con el lenguaje del teatro. Ante el público ajustamos el papel. Entre bastidores tenemos espacio para dejarlo. Pero la pantalla mete al público contigo en la habitación, incluso cuando estás solo.

Elegir lo que muestras no es mentir en sí mismo. Pero ¿cuánto te cuesta cuando tu público se convierte en una cifra que no duerme?

El investigador Adam Alter escribió sobre este cambio en su libro Irresistible6. Explica cómo los ingenieros diseñaron deliberadamente estas aplicaciones para que te resultara difícil dejar de mirarlas.

Antes de abrir la pantalla no sabes cuántos «me gusta» te esperan ni quién ha comentado. La recompensa irregular te atrae a volver para averiguarlo otra vez.

Detrás de la foto de la calma

Unas cuarenta mil personas siguen la cuenta de la compañera de Lina. Cada mañana publica una foto de su café junto a la ventana, con una frase sobre la calma, y los comentarios se llenan de elogios.

Pasaron otras tres noches sin respuesta de la empresa. Cada noche Lina volvía a las fotos de su compañera. La cuarta noche abrió el cuadro de mensajes y encontró «¿cómo estás?» donde lo había dejado. Se cansó de conocer a su compañera solo por sus fotos y lo envió.

La respuesta llegó por la mañana y no era lo que esperaba: «Llevo meses sin dormir una noche tranquila. Escribo sobre la calma y luego me quedo pendiente de los comentarios hasta las tres de la madrugada». Contó que el día anterior había borrado un comentario que decía «todo esto es exagerado», aunque sabía que quien lo escribió tenía razón. Sus seguidores esperaban de ella un rostro sereno cada mañana, incluso los días en que ella misma necesitaba que alguien la calmara. Terminó así: «Eres la primera persona que me pregunta cómo estoy desde hace mucho».

Lina leyó la respuesta dos veces. No se alegró de lo que había descubierto ni sintió que hubiera ganado nada. Pero comprendió que la foto del café era un instante del día de su compañera, no todo su día. Luego le escribió sobre la entrevista y la respuesta que esperaba.

Y el criterio va más allá de la imagen que eliges. Recuerda el hadiz que vimos en capítulo 6: Dios no mira la apariencia ni la riqueza, sino los corazones y las obras. Volvamos al acto con el que vivimos cuando se cierra la pantalla.

El deseo antes de la imagen

Lina sabía qué había detrás de las fotos de su compañera. Aun así, durante la pausa para comer abrió la foto que había guardado: el abrigo color arena y, debajo, «¡qué buen gusto tienes!». Buscó el abrigo en una tienda en línea. Antes de que acabara de cargar la página ya había calculado el precio: un tercio de su sueldo. Abrió las notas para escribir por qué lo quería. Escribió: «Notarán que he cambiado». Luego: «Me dirán: qué buen gusto tienes». Leyó las dos líneas. Hablaban de la gente, no del abrigo. Las borró y escribió en su lugar: «¿De verdad quiero esto o quiero no parecer menos que ella?». Todavía no sabía la respuesta. Cerró la página de la tienda y siguió comiendo.

Una ventana para aprender y una vida para vivir

Cuándo usarla: Cuando sales de la pantalla sintiéndote inferior o esperas que un contador te diga cuánto vale lo que has hecho. Duración: Cinco minutos ahora y una revisión al cabo de una semana.

Mientras miras, prueba la regla de las dos direcciones.

  1. En lo material, mira hacia abajo: El dinero, las posesiones, las imágenes cuidadas. Cuando te sientas inferior ante ellas, recuerda a quienes tienen menos en ese terreno. No para alegrarte de su situación, sino para estar satisfecho con lo que tienes.
  2. En el bien y las habilidades, mira hacia arriba: A quien ha empezado a rezar y tú aún no, a quien lee más que tú o a quien domina un deporte o un idioma que tú también aprendes. Aquí mira a quien va por delante para alcanzarlo, no para envidiarlo.
  3. Examina tu deseo: ¿De verdad quieres esto o quieres no parecer menos que quien lo tiene? Elige un objetivo que te importe, una persona de la que aprender y un paso para empezar.
  4. Cuando publiques, busca a tu público real: Escribe un solo nombre real: ¿Quién quieres que vea esto de verdad? Si no se te ocurre ningún nombre, espera una hora antes de publicar.
  5. Pregúntate después de cada publicación: Si esta noche desapareciera de todas partes el contador de «me gusta», ¿harías lo mismo mañana?

Empieza ahora, antes de seguir leyendo: abre los ajustes de una aplicación y desactiva solo las notificaciones de «me gusta».

Si caes: Si vuelves a la cuenta o al contador, repite la pregunta ante la siguiente foto. No esperes a una nueva semana.

Aquella noche Lina desactivó las notificaciones de la aplicación. Diez minutos después la abrió ella misma. Su compañera había publicado otra foto de aquel viaje: el mar al atardecer. Recordó la línea «si caes» y volvió a hacerse la pregunta ante esa foto: ¿de verdad quiero esto? Descubrió que no echaba de menos el mar ni viajar, sino una sola hora en la que nadie le pidiera nada y ella no esperara nada: ni la hoja de cálculo, ni el grifo de su padre, ni la respuesta de la entrevista. Se lo dijo a su marido. Él contestó: «Pues dejamos los platos un rato». Ella se rio y miró el fregadero lleno. Acordaron reservar media hora después de cenar, sin trabajo ni pantallas.

La noche siguiente, después de cenar, Lina dejó el teléfono en una repisa de la cocina. Su marido puso el suyo al lado. Dejó los platos en el fregadero y se sentó junto a la ventana del salón con una taza de té. Su marido se sentó a su lado. Detrás de esta ventana no había mar. Estaban su calle y la luz de la tienda de enfrente. No se levantó a comprobar si había llegado la respuesta de la entrevista. Se bebió el té caliente.

La máscara más sutil

El público no siempre son miles de seguidores. Hay una máscara más sutil que la imagen adornada: un pequeño equipo que conoce tu nombre y del que esperas que diga de ti lo que tú no dices con claridad.

Después de una victoria que Karim consiguió para su equipo de juego, le salió una frase que empezó a repetirse: «No he hecho nada».

Había entrenado aquella partida con el equipo durante semanas. Aun así, lo dijo y luego se quedó callado, esperando.

Karim sonrió y dejó en la conversación un pequeño hueco para el elogio. Un compañero del equipo dijo entre risas: «Es verdad, ni siquiera te hemos visto en la partida». Karim movió el ratón y cerró la ventana de conversación. En la partida siguiente repitió su frase de siempre: «No he hecho nada». Solo se dio cuenta de que la había dicho cuando los demás se callaron.

Apartó un poco los auriculares. En la pantalla estaba el registro de entrenamiento al que había dedicado semanas. En la conversación, una frase que decía que no había hecho nada. Abrió el cuadro de texto y escribió una respuesta larga para explicar lo que había hecho en la partida. Luego se detuvo. Oyó la voz de su compañero: «Karim, ¿me oyes?». Borró toda la respuesta y dijo: «Te oigo».

Una sola frase no revela la intención de quien la dice. Lo que puede observarse es la repetición: quitar valor al esfuerzo y esperar que alguien diga lo contrario.

Sezer, Gino y Norton llamaron «falsa modestia» a la mezcla de alarde con queja o humildad aparente7. En sus experimentos, este estilo pareció menos sincero que el alarde directo. Es un resultado sobre la impresión de quien escucha, no una ventana a la intención de cada persona que habla.

Cuándo usarla: Cuando le quitas valor a tu esfuerzo y esperas que alguien lo haga valer por ti, o cuando te molesta una corrección que contiene algo acertado. Duración: Un minuto en una breve conversación esta semana.

  1. Examina tu frase de modestia antes de decirla: ¿describes tu esfuerzo con justicia o le quitas valor para provocar elogios?
  2. Nota la tensión antes de responder. Luego expresa tu esfuerzo en una sola frase, sin exagerarlo ni rebajarlo: «Me he esforzado en esto y estoy orgulloso de ello».
  3. Si alguien te corrige en algo y tiene razón, di: «Sí, tienes razón en este punto», sin una justificación que lo anule. Si no ves claro qué es lo correcto, pide una aclaración.
  4. Pide una opinión que no te guste a alguien en quien confíes y escucha un minuto sin defenderte.

Si caes: Vuelve a un solo punto que puedas reconocer.

En la conversación siguiente Karim empezó: «No he hecho…», y se detuvo. Su compañero se rio y dijo: «Repítelo». Karim miró el registro de entrenamiento y dijo: «Me he esforzado en esto y estoy orgulloso de ello». El equipo guardó silencio un instante. Su compañero dijo: «Y te lo mereces». La tensión no desapareció, pero no retiró su frase para obligarlos a elogiarla. Cuando su compañero le corrigió un último movimiento de la partida, estuvo a punto de explicar por qué no se había equivocado. Luego dijo: «Sí, tienes razón en este punto».

Terminó la partida. Había dicho dos cosas que antes no decía: un esfuerzo que había hecho y un error que podía corregir. No esperó elogios después ni defendió toda la partida. Cerró el registro de entrenamiento, se quitó los auriculares y apagó la pantalla sin volver a la conversación para ver quién había respondido.

Reconocer un esfuerzo real y aceptar un punto acertado no necesitan contador. Quien dice «sí, tienes razón» deja espacio para decir «he incumplido mi promesa». Una persona en cuyo criterio confías puede ser un testigo sincero de ambas cosas.

Una página que no se publica

Dedica cinco minutos, sin el teléfono cerca, a escribir en un cuaderno: ¿qué cuenta te roba más de lo que te enseña? Prueba a ocultarla una semana. Luego pregunta: ¿qué sentimiento aparece en tu cuenta y lo sientes de verdad estos días? Escribe también la frase con la que le quitas valor a tu esfuerzo ante quienes te conocen, y qué esperas que digan después.

Luego cierra el cuaderno. Nadie necesita ver esta página. Precisamente por eso merece la pena escribirla.

Después de una fiebre que lo mantuvo en cama dos semanas, Karim no volvió a la hoja de sus salidas a correr. Pero llamó a su padre desde su habitación de la residencia para decirle su nueva frase: «Me he esforzado este semestre y estoy orgulloso de ello». Su padre calló un instante y luego dijo: «Bien hecho. Pero…».

Referencias (7)
  1. 1Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140.
  2. 2Burgis, L. (2021). Wanting: The Power of Mimetic Desire in Everyday Life. St. Martin's Press.
  3. 3van de Ven, N., Zeelenberg, M., & Pieters, R. (2011). Why envy outperforms admiration. Personality and Social Psychology Bulletin, 37(6), 784–795. (benign envy / malicious envy)
  4. 4Muslim, Sahih, Libro del ascetismo y los relatos que ablandan el corazón, hadiz 2963, versión de Abu Muawiya. Texto del hadiz.
  5. 5Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.
  6. 6Alter, A. (2017). Irresistible: The Rise of Addictive Technology and the Business of Keeping Us Hooked. Penguin Press.
  7. 7Sezer, O., Gino, F., & Norton, M. I. (2018). Humblebragging: A distinct—and ineffective—self-presentation strategy. Journal of Personality and Social Psychology, 114(1), 52–74. doi:10.1037/pspi0000108.